miércoles, 19 de octubre de 2011

Eugene Delacroix: 1798-1863

Eugene Delacroix (1798-1863):

fusión de drama y color

Lugar: CaixaForum Madrid

Del 19/10/2011 al 15/01/2012

Esta exposición reúne más de 100 obras del gran pintor francés Eugène Delacroix (1798-1863), una de las figuras más destacadas del romanticismo, entre cuyos óleos más conocidos están Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi (Museo de Bellas Artes, Burdeos), uno de los bocetos de La muerte de Sardanápalo (Museo del Louvre, París) o Las mujeres de Argel en su aposento (Museo del Louvre), excepcionalmente prestado para la muestra.

Dramatismo, exotismo, movimiento y color definen el programa de un artista que se presentaba a sí mismo como un revolucionario, enfrentado a las rígidas convenciones del arte neoclásico. Delacroix fue el primer pintor moderno, visceral y apasionado, que trasladó a la tela la renovación espiritual del romanticismo.

La exposición, organizada conjuntamente por la Obra Social ”la Caixa” y el Museo del Louvre en el marco de un acuerdo de colaboración, es la más importante que se ha organizado en España en torno a la figura de Delacroix. Cuenta con préstamos de instituciones tan importantes como la National Gallery de Londres, El Metropolitan Museum de Nueva York o el Art Institute de Chicago.

Propone un recorrido por las diferentes etapas de su producción, desde las primeras obras, que buscan la inspiración en el museo, hasta la etapa de madurez, en la que el artista extrae sus temas de la realidad, haciendo especial hincapié en sus obras de historia así como las orientalistas, reunidas por primera vez desde 1963, año de su centenario.

Precio
Actividad gratuita
Plazas limitadas

(fuente: http://obrasocial.lacaixa.es/nuestroscentros/caixaforummadrid/eugenedelacroix_es.html)

Ver un Video de Tve1 sobre la exposición: pincha aquí

CaixaForum ofrece hasta enero la oportunidad de contemplar parte de la obra de Eugène Delacroix en la mayor retrospectiva internacional del pintor romántico francés en cincuenta años. Pese a la ausencia de pinturas suyas tan conocidas como La libertad guiando al pueblo, las 130 obras reunidas, en las que se incluyen interesantes bocetos y acuarelas, resumen la esencia de un artista cuyos viajes marcaron su trayectoria.

Ochenta y ocho años después de que el Museo del Louvre organizara una exposición en homenaje a Eugène Delacroix por el centenario de su muerte, acaecida en 1863, CaixaForum Madrid celebra la inauguración de la mayor retrospectiva internacional organizada desde entonces.

El dramatismo, el movimiento y un dominio fascinante de la paleta cromática definen las obras de este pintor romántico francés, cuyo interés por las artes no se limitó a representar un tema, sino a indagar en los entresijos de cómo los artistas llevaban a cabo el proceso de ejecución. Sirve para comprender este interés de Delacroix por la esencia de las artes plásticas sus bocetos, litografías y acuarelas reunidos en esta muestra, en la que el visitante puede apreciar el estudio de la anatomía o la perspectiva sobre papel antes de que la idea del pintor sea transformada en un óleo.

Así, son abundantes las obras expuestas de pequeño formato, ante cuyo detallismo merece la pena fijar la atención. Sucede en la serie de pinturas en las que Delacroix ensaya el tema de Hamlet y Horacio en el cementerio o en la que titula Combate de Giaus y Hassán, en la que se vislumbra el interés del pintor por la anatomía animal del caballo que tanto protagonismo tiene en sus lienzos.

No es el único animal en hacerlo. También acapararon su atención los tigres o los leones. Las pinturas preparatorias del lienzo de grandes dimensiones La caza de los leones, ausente en la muestra, pero de la que da una idea lo expuesto, confirman su interés por investigar sobre las posibilidades pictóricas de los animales.

Los viajes que emprendió en su vida le valieron para inspirarse en otros artistas, así como en paisajes y costumbres ajenas a la francesa. Le ocurrió tras visitar Gran Bretaña entre los años 1820 y 1830, y volvió a experimentar la misma sensación al embarcarse en una misión diplomática francesa en el norte de África, acompañando al conde de Mornay en su visita a Abderramán, sultán de Marruecos. En el transcurso de aquel viaje realizó, incluso, varias escalas en ciudades españolas como Cádiz, Sevilla o Algeciras.

De las obras reunidas en la muestra, las que se vieron influidas por ese viaje a Marruecos reúnen los requisitos para despertar la admiración del visitante. Lo hace Boda judía en Marruecos, en la que destaca un asombroso dominio de la luminosidad pero, sobre todo, lo confirma Mujeres de Argel en sus habitaciones, de un asombroso detallismo y riqueza cromática, ante la que quien la contempla no echa en falta la ausencia en la exposición de La Libertad guiando al pueblo, obra clave en la trayectoria de Delacroix y pieza estrella del Louvre.

El desnudo, el retrato -y el autorretrato-, la mitología o el paisaje marítimo también están presentes en su obra, que no estuvo exenta de pinceladas del orientalismo y exotismo que impregnó al romanticismo en el siglo XIX. Un ejemplo es la bucólica escena representada en Las bañistas o mujeres turcas en el baño, una pintura muy colorista que contrasta con otras obras más oscuras como Los discípulos y las santas mujeres recogen el cuerpo de San Esteban.

Los temas religiosos también captaron su atención. Pintó temas del Antiguo y Nuevo Testamento y episodios de la vida de la Virgen, como La Anunciación o La Piedad, o de la de Cristo, como Cristo atado a una columna o Cristo en la cruz. Resulta igualmente interesante el lienzo La confesión pública, en la que Delacroix dejó constancia una vez más de su dominio de las luces y las sombras al representar el interior de una iglesia gótica en penumbra en la que domina la escena la blanca camisa de quien va a ser condenado.

En definitiva, un recorrido fundamental para tratar de comprender a una artista cuya inspiración no hizo sino reciclarse en cada viaje, en cada experiencia y en cada lectura

(fuente: http://www.elimparcial.es/cultura/redcritica-de-artered-idelacroix-1798-1863i-fusion-de-drama-y-color-93077.html)

Si hay un hilo, poderoso y visceral, que une a Goya con el arrebato impresionista, ese fue el que tejió Eugène Delacroix (Charenton-Saint-Maurice, 1798-París, 1863). Artista romántico de impredecible y agreste gusto por el color, visitó España en 1820. Y de aquel viaje, como se verá, una peripecia paradójica, volvió plenamente obsesionado con todas las gamas del negro de las que era capaz el genio aragonés. La influencia, decisiva, serviría a su propósito último: la búsqueda de la esencia de la pintura, la materia y la luz. Tales son las audaces conclusiones que se extraen de la antológica Delacroix. De la idea a la expresión, que hoy se abre al público en CaixaForum Madrid envuelta en el aroma del acontecimiento; es la muestra más grande dedicada al pintor en medio siglo y cuenta con la colaboración del Louvre y el Prado.

La pinacoteca parisiense aporta entre otras muchas joyas el óleo Mujeres de Argel en sus habitaciones, una de sus características piezas de inspiración historicista, obra que nunca había salido de las salas del museo. Y en febrero, cuando las 130 piezas de la exposición viajen a la sede barcelonesa de CaixaForum, lo harán enriquecidas por una selección de obras de Goya prestadas por el Prado. La excursión será también por tanto un estimulante viaje a los orígenes de un artista escasamente representado en las colecciones españolas.

Sébastien Allard, conservador jefe del Departamento de Pintura del Museo del Louvre, amén de comisario de la exposición, subrayaba ayer ufano que si bien "en Europa se le han dedicado a Delacroix numerosas exposiciones", la importancia de esta "solo es comparable a la del Louvre en 1963 con motivo del centenario de su muerte". "Con esta colaboración queremos saldar la deuda de Delacroix con España".

No parece asunto de poca importancia. Después de todo a Delacroix le costó deshacerse de los recuerdos de lo contemplado en el Prado. De ahí parte el proceloso viaje de su obra a través del color, que en ocasiones alcanza casi a esculpir. "Al final aguardan las pinturas que hablan de sí mismas, sin camuflarse tras un tema", explica Allard. Así sucede con Boceto de la caja de León con la que el artista reflexiona sobre la dificultad de fijar el momento exacto en el que un artista decide dar por terminada una obra. El lienzo deslumbró a Cézanne y está considerado como precursor de la técnica moderna.

Pero ese descubrimiento de la pintura en estado puro llegará después. Antes, la exposición se adentra con pasión cronológica en los hitos biográficos del pintor francés. Y su dedicación a la geografía humana se recoge en las tres versiones del retrato de Aspasia, una joven mulata de la que se sirvió para experimentar con la luz y el color.

El trabajo como litógrafo está presente en las 17 planchas que realizó para ilustrar el Fausto de Goethe, en un inevitable abrazo de resonancias románticas. Aunque su inspiración literaria más conocida fue la brindada por Lord Byron. De su mano, Delacroix tomó partido a favor de la independencia de Grecia del imperio otomano, como vienen a demostrar dos de sus obras maestras más conocidas: La masacre de Quíos (1824) y Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi (1826).

A partir de ahí, Delacroix se debatió entre la decoración de edificios públicos, la eterna seducción del clasicismo, la reconfortante familiaridad de los temas mitológicos y religiosos y la serenidad de los paisajes. Todo ello, en una veloz fuga de sí mismo con destino al grado cero de la pintura que siempre ansió.

(fuente: http://www.elpais.com/articulo/cultura/Delacroix/salda/deuda/espanola/elpepicul/20111019elpepicul_4/Tes)

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